Rodolfo Higareda.-
La gran marcha del domingo fue el resultado de una provocación innecesaria por parte del presidente López; pero muy acorde con su carácter pendenciero y con sus instintos autoritarios. Su ambición desmedida por preservar el poder y sus insaciables sentimientos de venganza, hicieron que él mismo levantara algo más que una corcholata sucesoria. La botella que en realidad destapó, fue la de un movimiento social que no existía. Porque hasta antes del pasado fin de semana, organizaciones y personalidades opositoras habían estado ahí, intentando frenar a la maquinaria de destrucción que conduce el tabasqueño, pero incapaces de unir a la ciudadanía entorno a un proyecto… a una causa. La amenaza al INE, a las libertades ganadas en los últimos 35 años, lograron lo que parecía imposible.
Ríos de gente confluyeron desde distintas direcciones para conformar una enorme corriente rosa, que estoy seguro seguirá fluyendo hasta el verano del 2024. Bastaba voltear hacia un lado u otro del Paseo de la Reforma, para ver a esa clase media manifestarse con enojo e indignación contra la retrógrada iniciativa electoral del ejecutivo. Y mientras yo marcha, me pregunté varias veces cuántas de esas personas habrían votado por AMLO en el 2018; cargadas de enojo, desinformación y desmemoria. Pero al escuchar sus gritos y reclamos, concluí que el energúmeno de Macuspana ya los había perdido para siempre… y eso le preocupa.

Estoy seguro que en Palacio Nacional deben tener números que no les cuadran. Encuestas que los tienen por demás preocupados porque saben que cuentan solamente con quince millones de votantes duros; y quizás otros siete producto de la compra mensual de electores por la vía de sus programas sociales clientelares. Por lo demás, imagino que ya se dieron cuenta que por la buena pueden perder ya sea la presidencia, o seguro la mayoría legislativa. De ahí se entienden este tipo de iniciativas desesperadas para regresar al órgano electoral al control presidencial.
Claudia Sheinbaum simplemente no levanta, y cada día que pasa va dejando tras de sí una estela de muerte y desolación. Las tragedias del Colegio Rebramen y del Tecnológico de Monterrey, los muertos de la Línea 12 y las chicas succionadas por una coladera destapada, todo esto producto de su negligencia criminal, le están pasando factura. Encima no tiene personalidad propia y ya se está viendo que no despierta el ánimo ni de sus seres queridos. Por otra parte, Monreal será una piedra en el zapato, mientras que Ebrard observa pero no está quieto. Entre ellos, como buenos salvajes, terminarán devorándose.
Se vienen acciones de resistencia civil que continuarán aglutinando a las clases medias; mientras que el presidente seguramente radicalizará sus posturas, al tiempo que va perdiendo poder conforme su gobierno fenece. Y mientras esto pasa, todos los agraviados, todos los que han sido objeto de sus insultos o persecuciones, esperan pacientes. Porque sería un gran ingenuidad pensar que al minuto siguiente de que se quite la banda presidencial, no se le arrojarán encima dispuestos a cobrárselas una a una.
Estos últimos serán los muy poderoso; pero la gente común y corriente también lo llenará de reproches nada más deje su burbuja de seguridad de Tabasco, Oaxaca y Chiapas. No podrá volver a subirse a un avión o ir a comer a un restaurante sin correr el riesgo del repudio popular. Su poder se terminará eventualmente, mientras que el rencor que ha sembrado perdurará por mucho tiempo.
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