CCH: la nostalgia de aquellos días largos

Julián Andrade.-

Hace medio siglo se fundó uno de los proyectos académicos más ambiciosos de la Universidad Nacional Autónoma de México: el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH). 

El entonces rector Pablo González Casanova impulsó un proyecto que tenía como propósito el atender la demanda de educación media superior, pero hacerlo desde una óptica de vinculación con los centros de investigación y los institutos universitarios.

En el CCH se tenía que “aprender a aprender”, porque ello es lo que permitiría una incursión en la sociedad y en los niveles educativos superiores, con mejores herramientas para enfrentar un mundo en constante cambio.

El CCH, después de todo, es hijo del movimiento estudiantil de 1968 y de los coletazos de aquella historia, del activismo sindical y de un contexto político en cuyo horizonte se vislumbraban las transformaciones que ocurrirían en las siguientes décadas.

Como ex alumno del CCH Sur, debo decir que la experiencia en sus aulas y en sus patios, es una de las más gratificantes. Ahí forjé amistades que aún conservo y afinidades políticas que han resistido, en términos generales, nuestras propias apuestas y biografías.

CCH Sur. Foto: Rasolmil

Participamos en el CEU y supimos trabajar políticamente para lograr resultados. No por nada, el movimiento social de 1986 es uno de los pocos que pueden catalogarse como exitosos, si se mira el drama 20 años atrás y  el desastre de 13 años adelante.

Uno de los bastiones del CEU lo fueron justamente los planteles del del Colegio. La huelga se habría complicado muchísimo sin los cientos de brigadistas de los distintos planteles y de modo espacial los de Oriente y los del Sur.

Quizá sea nostalgia, pero creo no equivocarme al decir que aquellas generaciones, las de mediados y finales de los ochenta, fueron especiales. Después de todo, nos fue posible observar el derrumbe de lo que parecían castillos de verdades y acostumbrarnos a las contingencias del pensamiento y de la propia vida. Aprender a aprender, justamente.

Comprendimos que los momentos por los que se cuela la historia, con toda su fuerza, se expresan en días largos, pero que pasan como meses muy cortos. Y solo van 50 años.

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