El presidente de Estados Unidos elevó la apuesta contra los cárteles de las drogas y puso en el centro del tablero a México. Una agenda delicada y que puede tener graves implicaciones.
Julián Andrade.-
Con Donald Trump nunca se sabe, y ese es precisamente el problema.
El presidente de los Estados Unidos echó a andar El Escudo de las Américas, una convergencia con países de la región, que tienen gobiernos conservadores o francamente derechistas, y cuyo propósito es el de combatir a los “narcoterroristas”.
Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guayana, Honduras, Panamá, Paraguay, Republica Dominicana y Trinidad y Tobago forman parte del Escudo.
Es de destacar la ausencia de Colombia, Brasil y México en esta alianza, lo que se explica porque los mandatarios de estos países pertenecen al ala progresista y de izquierda.
Si no se tratara de una cofradía política que congenia con Trump, había que señalar la anomalía en la ausencia de representantes de naciones que son centrales en el tema de la seguridad regional y en cualquier estrategia que pretenda ser exitosa.
En particular colombianos y mexicanos han pagado un alto costo, económico y financiero, desde que inició la guerra contra las drogas hace más de medio siglo.
Otro tanto les ha tocado a los brasileños, que padecen altos niveles de violencia, la que inclusive se ha trasladado, por momentos, al terreno político.

Lo inquietante radica es que Trump señaló que “los cárteles mexicanos están alimentado y orquestando gran parte del derramamiento de sangre y caos en este hemisferio, y el gobierno de Estados Unidos hará todo lo necesario para defender nuestra seguridad nacional”.
Y advirtió que “la única manera de derrotar a estos enemigos es desatando el poder de nuestras fuerzas armadas.”
A sus aliados, del grupo Escudo, les recordó que “el corazón de nuestro acuerdo es el compromiso de utilizar fuerza militar letal para destruir estos siniestros cárteles y redes terroristas. De una vez por todas, vamos a acabar con ellos.”
El narcotráfico es un problema trasnacional, por lo que resulta absurdo el cargar las responsabilidades en solo uno de los puntos de la cadena que lo hacen posible.
Eso lo saben las agencias de seguridad, las del norte y las del sur del río Bravo.
El problema es la lectura que le da Trump a la situación y las consecuencias que ello puede generar.
A estas alturas nadie puede descartar un ataque a grupos delincuenciales que operan desde nuestro país por parte de agencias de seguridad comandadas desde Washington.
Quizá lo que hay que dilucidar no es tanto si ocurrirá, sino cómo será y las respuestas que se tendrán que dar a esa situación concreta.
En vista de lo que está aconteciendo en otras regiones del mundo, hay que buscar el fortalecimiento de la coordinación en los temas de seguridad y en las metas que se han ido fijando, despejar el camino de pretextos, que puedan ser utilizados por la Casa Blanca, y centrarse en operaciones que resten poderío a los cárteles y a las células más peligrosas.
Días antes del encuentro de Trump con los mandatarios Latinoamericanos, Pete Hegseth, el secretario de Guerra afirmó que su país está preparado para lanzar una ofensiva, en solitario, contra los cárteles en el continente.
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