Nav Melech.-
Fue tan hermosa, así lo pensé. Aunque no lo razoné bien en el momento. Tuvieron que pasar años para darme cuenta de lo hermosa que fue la vida. Fue tan gloriosa, pensé de nuevo; fue solo así que lo pensé, y de golpe vino a mi mente una última sonrisa. Fue tan rápida esa mueca que se me olvidó al instante; la olvidé cuando menos tenía que olvidar lo importante. Ella me miró antes de cerrar sus ojos a causa de las lágrimas propiciadas por las tantas carcajadas que escupimos al viento y a su castigador tiempo. Reímos al mismo instante y casi en el mismo tono. La risa se escapaba del cuarto del hospital; se regaba tanta felicidad por los pasillos blancos, cegadores, tristes y descoloridos de vida. Se escuchó una linda canción en el fondo de todas nuestras sonrisas, y más aún de nuestras hermosas memorias. Ambos nos miramos con los ojos llorosos causados por las risotadas que escondían días de nostalgia, días de tristeza y en especial, de muchos días de amor a la vida. Ahí, solo éramos los dos, juntos una vez más, o tal vez y sin saberlo, juntos una penúltima vez, tomados de las manos, acariciando el tiempo y su silencio; sabiendo sin saber que era esta la penúltima vez que reíamos despreocupadamente. Ella reía plácidamente, recostada en la cama, yo callaba y la observaba, estuve sentado en un sillón adjunto, tomando suavemente, tan fraternalmente su mano izquierda. –Mira… Esta no es la primera vez que hablamos de esto, Benjamín. Tú y yo, ya nos conocíamos. Desde mucho antes. Desde muchas vidas pasadas a esta.- Traté de acomodar su almohada para que estuviera más cómoda para regañarme. Quité de la almohada un cabello largo, blanco, hermoso, y que en sus puntas tenía muestras claras de que el tiempo se me fue corriendo, el muy cabrón se me escurrió de las manos. -¡A ver! ¡Ponme atención! Estoy segura de que esta no es la primera vez que te lo explico.- Y sí, es verdad, no era la primera vez que ella me decía estas cosas. –Seguramente es la quinceava vez que hablamos de esto, y no terminas de entenderlo.- Claro que le entendía a la perfección, pero disfrutaba mucho de verla tan desesperada conmigo, tan encabronada al reaccionar a mi cara de incrédula incomprensión. -Nos conocemos de muchas otras vidas. Hemos sido amigos desde mucho antes. Y así será en la siguiente vida cuando nos volvamos a encontrar.- Eso fue lo que me dijo Andalucía, antes de irse a dormir con la eternidad por vigésimoquinta ocasión. Me sentí tan triste, de nuevo tan solo, tan devastado, pero por suerte ese cuento infame terminó rápidamente y comenzó otra vida, otra oportunidad, otra tirada a los dados ya marcados; comenzó otro intento, otra baraja repartida sobre la mesa, otra cerveza sobre el mostrador, otra risa y otro abrazo que sabes que no va a irse a ningún lado. Sin quererlo comencé otra vida, sabiendo que iba a encontrar a mi amiga de nuevo. Otra vida que iba a desaprovechar procurando ser feliz, mientras todos a mi alrededor persiguen sueños y falsas aspiraciones. Yo desperdicié otra vida mirando al cielo, besando las manos de mis padres y caminando lento junto a mis mascotas. ¿Por qué? No lo sé. Ah, pero cómo disfruto de ver en todas mis vidas a las mariposas nacer de los mismos árboles, una y otra vez; como disfruto de verlas volar por primera vez; pero eso sí, cómo me duele cuando se van a dormir en la noche, con el frío del viento, y se acomodan con sutileza, cruzan sus patitas y así, sin pensarlo, se van.
En la siguiente encarnación Andalucía y yo nos reencontramos en el mismo jardín de niños, García Lorca. Andalucía reconoció de inmediato mi rostro infantil; inconfundible con mis labios rojos, manchados por una paleta helada de grosella, con mis palmas sumamente asquerosas, llenas de tierra, con mis rodillas rasgadas y por supuesto con mi cabellito largo, mi overoles de mezclilla, sujetados por un ganchito, porque en ninguna de mis vidas tuve la habilidad motriz para quitarle el seguro a mis pantalones y siempre terminaba orinándome encima. De inmediato, Andalucía me saludó desde el lado alto de la resbaladilla. Bajó de golpe y corrió hacía mí alegremente, alebrestando sus agujetas largas las cuales iban desamarradas; también provocando un caos en su cabello suelto, y alumbrando a todos los presentes con algo que nunca puedo olvidar: su sonrisa plena que esconde todos los secretos del mundo. Me tomó de la mano para llevarme con mis otros amigos. En su mano izquierda tenía el Woody de Toy Story que siempre quise, en su mano derecha sostenía mi mano izquierda, la cual nunca quiso soltar, la mano que nunca dejó de ver, y que en todas las vidas que tuvimos fue la mano que siempre sostuvo con fraternidad, como la hermana que siempre tuve en todas esas tantas vidas. Me dio mucha risa cuando nos reencontramos en nuestra vigésimosexta vida; me recordó cuando en nuestra séptima vida nos fuimos de vacaciones al mar, y nos quedamos en el sol por horas, quemamos nuestros cuerpos y brindamos con alcohol y alegría durante días y noches completas, también bailamos y reímos entre los tumultos de tantas personas que parecían vivir una vida normal, tan distinta a la nuestra. Reí porque me pareció irónico saber que dentro de veinte años haríamos lo mismo, y dentro de las siguientes vidas haríamos de nuevo lo mismo, una y otra vez más, en la misma playa, con las mismas caguamas y con las mismas canciones. No era la primera vez que hablaba de esto con Andalucía, pero lo disfruté tanto, tanto como si fuera la última vez.
Años, meses y varias vidas antes, me enteré de que tuve y de que tendré muchas vidas más. Ocurrió en mi cumpleaños número cuarenta y tres de mi novena vida. Antes de soplar las velas del pastel, pedí un deseo, el cual era volver a mi quinta vida, cuando viví en Michoacán; cuando vendía aguacates y me enamoré de una hermosa mujer cuando tenía quince años de edad; una hermosa mujer que terminó siendo una fantástica maestra de geografía. Ella, la mujer de la cual me enamoré, fue hija de un campesino, hermana de un guerrillero, hija de una costurera para los eventos especiales de la iglesia, y esposa, veinte años después; lamentablemente casada con un mal intento de escritor; eso sí, madre de dos grandes pintoras, y abuela de otro escritor pero que éste sí fue excelente. Quería volver a esa vida porque tenía miedo de la siguiente que me esperaba. Me enteré que tuve muchas vidas cuando encontré las siguientes palabras tatuadas con lágrimas en la parte trasera de un libro abandonado en una biblioteca del sur de la Ciudad de México, en donde mi esposa daba su última clase al sexto grado de primaria. Las palabras eran: “Un día te darás cuenta. De que la felicidad nunca se trató de tu trabajo, de tu título o de estar en una relación. La felicidad nunca fue seguir los pasos de aquellos que vinieron antes que tú. Nunca se trató de ser como los demás. Un día lo verás, que la felicidad siempre fue sobre el descubrimiento, la esperanza, escuchar a tu corazón y seguirlo a dondequiera que eligiera ir. La felicidad siempre fue sobre ser más amable contigo mismo. Siempre se trató de abrazar a la persona en la que te estabas convirtiendo. Un día entenderás que la felicidad siempre fue aprender a vivir contigo mismo, que tu felicidad nunca estuvo en manos de los demás. Un día te darás cuenta de que la verdadera felicidad viene desde adentro, y ningún factor externo puede definirla. Siempre se trató de ti. Siempre se trató de ti.” Supe que tenía tantas vidas también porque Andalucía me encontró en Michoacán. Llegó con su pareja y con sus dos hermosos hijos. Nos encontramos en un salón de baile, y fue fácil saber que nos conocíamos desde siempre. Bailamos al mismo ritmo y dentro de la salsa nunca se encontraron nuestros pies para pisarse. Nuestras palmas no sudaban y nuestras historias comenzaban siempre con el mismo jardín de niños. Esa noche volvimos a platicar de lo mismo, reímos y ví lamentablemente como ella se alejaba con la luz de la madrugada, se me iba de nuevo para siempre. Regresé a casa para decirle a mi mujer que tenía miedo de lo que estaba pasando con mi mente. Le dije que las voces se volvían más fuertes y que las imágenes coherentes desaparecían poco a poco de mi subconciente. Le hablé de todas las vidas que tuve y mi esposa me mandó al carajo, diciéndome loco y tapándose los oídos con las almohadas. ¡Ah! Mi quinta vida fue hermosa, y cuando la vuelvo a encontrar en mis sueños siento nostalgia de mi casa en Michoacán, de mi limonero en el patio, y de las luces de la plaza que vieron cómo viví tan alegremente.
En mi décima vida ví morir a todos mis amigos. Fue un dolor horripilante. Aún en mi vida decimosexta sueño con ellos. Recuerdo el brillo de sus nombres y uno de mis hijos lleva el apodo que tenía el más querido de mis amigos. Aún escucho sus gritos, y el sonido del arma detonándose detrás de mi espalda. Escucho y siento el auto estrellarse de nuevo sobre la avenida. Veo las drogas que se los llevaron. No dejo de soñar con sus sonrisas, con sus cuerpos bailando, con sus manos alzadas al cielo, con sus sueños incompletos que depositaron confiadamente en mi oídos adolescentes, tan incautos, mis oídos tan imbéciles. Las lágrimas continúan dentro de mí, por más vidas que tengo, por más años que pasan, el miedo parece no desaparecer.
En mi decimocuarta vida, Andalucía me explicó el cómo saber en qué vida estábamos en ese momento. Me dijo: –Yo soy del 13 de Febrero. Uno más tres, cuatro, más dos que es el mes de febrero, seis. Estoy en mi sexta vida. ¿Entendiste? A ver, ahora dime tú.- No contesté. Me quedé pensando en Úrsula. Un amor viejo. Medité por horas sobre en qué vida iba a estar ella, y si es verdad que a ella la conozco de varias vidas. Le pregunté a Andalucía si es posible que conozca a Úrsula de varias vidas pasadas. Me dijo que no, que es poco probable. – No todos nos conocemos, Benjamín. En ocasiones nos encontramos, eso sí. Luego nos perdemos. A veces nos encontramos cuando menos queremos encontrarnos. Pero, muchas veces, hay gente que nunca volvemos a encontrar, por más que las volvamos a buscar. Y de eso no podemos hacer nada. –Dijo, pero no quería escuchar, pero sí le entendí. – Soy del 8 de junio, ocho y seis, catorce. – Contesté mirando al suelo. Imaginando una vida en donde Úrsula y yo nos quedamos bailando para siempre.
Tantas vidas después. Ahí en la sala del hospital entendí todo. Sí, fueron tantas vidas disfrutadas, hasta que llegamos a la última. En algunas vidas anteriores ella estaba en la cama, en otras estaba yo. Era aleatorio el orden, pero ahora me tocaba a mí. En todas y cada una de las vidas, al final nos contábamos las mismas historias, sabiendo que íbamos a volver a vivirlas. Nos abrazábamos, sabiendo que íbamos a volver a encontrarnos. Llorábamos y nos consolábamos, sabiendo que la vida iba a volver a rompernos el corazón. Fue hermoso, pensé, y sí, así se lo dije; ella aceptó mi pensamiento con una sonrisa, y sí, así me lo dijo. Qué hermoso que fue vivir así, le dije, y sí, así se lo dije; y ella respondió de nuevo con su sonrisa, con su tiempo, con sus manos y con su fantástica fuerza descomunal. -¿Y ahora qué sigue?- Le pregunté antes de cerrar los ojos, con miedo y frío en el cuerpo. Me tomó de las manos y dijo:
Volvernos a encontrar, pues qué más. Tú sabes que aquí voy a estar. Duérmete, que todo va a estar bien.
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