Nav Melech.-
Capítulo Primero:
Espera. No te levantes aún. Mejor cuéntame algo, aunque sea lo más insignificante, lo más olvidadizo, lo más esporádico de tu mente. Háblame de tí, de mí, de lo que sea, la verdad es que ya nada importa, platícame mi querida Guirnalda, aunque sea solo responde: ¿a qué sabe ese café, sin todos esos besos y caricias bañadas en las manos del sol?
Capítulo Segundo:
Crees falsamente que nadie se percata de tus ojos mudos, tristes. Dos estelas perdidas en los recuerdos de un amor pasional. Ya no te preocupes más, querida. Te veo más allá de lo que tú crees; soy capaz de verte, retratarte en mi memoria desde hace dos semanas al día de hoy; desnuda frente a ese álgido cristal, lluvioso y opaco de un departamento del centro de la ciudad; mirando como miras a los que miran los autos bañarse con la última lluvia del verano; mientras tu piensas en lo que piensan tus vecinas cuando recibes amorosamente al joven repartidor de pizza en tu casa; pensando en sus manos gruesas y con sus pantalones anchos, sus manos morenas y sus orejas listas para ser acariciadas por tus suaves manos.
Capítulo Tercero:
Sé también que piensas en todos los besos que nunca te dió Amado. ¡Pero por favor!, no hagas caso de esos pensamientos, ya, por salud mental, te lo suplico. Recuerda que Amado se irá dentro de poco a Finlandia, a su estúpido posgrado. Sé que piensas que pudiste haberte ido con él, pero, ¿y la maestría?, ¿la tesis?, ¿ese capítulo entre el primero y el quinto que no termina de abonar en tus sueños?; ¿qué será de todas tus flores?, ¿de tu miedo a volar sola?, ¿quién va a cuidar a mamá si tu te vas?; tranquila Guirnalda, querida mía, que nada malo va a ocurrir si te pones a soñar despierta. Mejor olvida aquel sabor cafesoso, aromatizado de recuerdos, olvida sus manos con color de invierno, su ropa de oficinista y todas sus corbatas de colores variados, olvídalo cuando acabe la semana y termines de escribir por fin el sexto capítulo de tu tesis; cuando sea el momento adecuado, y el reloj marque las once con cuarenta y trés te recomiendo que olvides a tu tan amado Amado; olvida todo de él, excepto que fue tu primera vela hermosa, pasional y tan romántica, misma que lamentablemente terminó su historia junto a tí con un poema que rimó súbitamente con un vuelo a Finlandia a mediados de Diciembre. Mira el lado bueno: aquel amor te dejó un cuento de quince cuartillas y media novela escrita, ¿qué más quieres de él?, ¿qué más pudo darte él?, nada más.
Capítulo Cuarto:
A ver, a ver, ¿disculpa Guirnalda, crees que pueda acercarme un poco? Disculpame, no quiero que pienses que soy un impertinente, o un inoportuno en asuntos completamente ajenos a los míos; o tal vez me confundas con un despistado perdido en tus ojos distantes y cansados, pero en verdad necesito que me digas algo: ¿a qué suena tu corazón triste?, ¡sí!, ese corazón que late al mismo ritmo que tus murmullos de ‘La tierra más ajena’ de Pizarnik. Me interesa conocer el sonido de ese corazón, ¡es más!, ni siquiera me interesa el sonido del mío, o el de mi padre que se alentó dos compases cuando regresó de la guerra; ninguno de los dos compases importa ya, solo quisiera saber cómo suena una tristeza en el miocardio. Tranquila, Guirnalda, sé que tienes problemas con ese párrafo, y que no puedes encontrar la cita adecuada; sé que no aparece aquel artículo que soñaste leer, mismo que soñaste discutir con tu asesor de tesis; es un artículo que te recuerda al olor de cigarro junto a la ventana, proveniente, aún humeando un amor pasional, juvenil, nacido de un espacio diminuto en el día en el que se solía decir: Te amo. Ahora que lo pienso yo tampoco recuerdo, ni encuentro a mi padre, ni sus manos suaves, ni sus ojeras enmarcadas en el tiempo y en el surco de todas mis pesadillas. Pero sí recuerdo sus historias de la guerra, la cuales es parecida a lo que estás viviendo. Buscas y buscas, documentos y más documentos, artículos y más artículos. No entiendes que esa idea que quieres citar no viene de nadie más, solo de tí, ¡ah!, pero tu ego es diminuto, tan infantil, tan inexistente que no deja que disfrutes esa victoria intelectual con el pequeño espejo que guardaba tu madre en su bolso.
Capítulo Quinto:
Aquí voy a sentarme, frente a tí, no te preocupes que desde aquí te escucho mejor. Tus pensamientos son puñaladas en mi mente, y hay algo que estás pensando que no entiendo; dices entre murmullos: “…cantan y cantan las campanas cuando se aleja la tristeza, y el silencio alberga, calla cuando llega por fin el verano”. Pienso que te refieres a la forma de tu amor de la preparatoria, con lentes grandes y una barba mal cortada. La verdad es que no lo sé, no te entiendo, Guirnalda. Llevo toda la mañana mirándote, imaginando la posible imagen de ese amor de preparatoria que te tiene leyendo el mismo poema de Pizarnik, una y otra y otra vez. No sé realmente en quién piensas, mucho menos sé por qué lo piensas tanto; no sé por qué te enamoraste de él a tus quince años de edad, y el olor de su cuerpo quedó plasmado por una semana completa dentro de tus sábanas; mucho menos puedo entender porque lo guardaste tantos años en tu corazón, y por qué te dedicaste a alimentarlo cada fin de mes, tampoco entiendo porqué le brindaste tanta agua de manantial y le limpiaste todas la heridas de su piel. ¿Es verdad que lo amabas tanto?, ¿o solo tenías miedo de terminar sola?
Capítulo Sexto:
¿Sabes algo?, realmente creo escuchar tu tristeza entre tus sorbos lentos de café, ¡es más!, me doy cuenta de que no has tocado el pan de elote que te trajo Matilde hace diez minutos, fíjate que se te está enfriando; desde aquí puedo ver que las hormigas están planeando una emboscada hacia tu alimento, las muy bandidas están a la espera del momento perfecto. Por favor: come algo, que tu piel lo necesita, ahora más que nunca; mira cuánto ha cambiado tu tono de piel, tu brillo, y en tampoco tiempo; cuando eras niña tu piel no era así, brillabas con más fuerza, ahora eres opaca como la novela que estás escribiendo a escondidas, solo para distraerte de terminar tu tesis.
Capítulo Séptimo:
¿Acaso no quieres agua?, ¿entonces, crees que pueda tomarla yo?, no he tomado nada desde que salí de casa; eso fue hace quince meses y cuatro días; tengo mucha sed y la ropa cada día está más sucia. Mis labios están empezando a partirse como el mar de aquel mesías. No puedo continuar un día más sin agua.
Capítulo Octavo:
Si te molesta el humo del cigarro, dime por favor, lo que menos quiero hacer es incomodarte; tampoco quisiera que limpiaras tus lágrimas del rostro con tu suéter café, ¡es más!, quisiera que te quedaras a llorar conmigo toda la tarde, pero solo si mañana no tienes que ir a trabajar, eso es claro. Yo dejé mi trabajo hace un par de días; considero que es de las peores decisiones que he tomado en mi vida; ocurrió después de cortar todas las flores del jardín de mi abuela, en un arrebato de ira, más bien de envidia; todo causado por mi prima que vive en el extranjero, ella le pide dinero a mi abuela cada fin de mes, la convence con cariños, elogios baratos, con un par de mensajes y una llamada telefónica, apática, deshuesada, sarcástica. Mi abuela espera paciente junto al teléfono después de las nueve de la noche; ni siquiera presta atención al rompecabezas que armamos juntos, ¡es más!, sé que ella deja de quererme por completo, me doy cuenta por el vació que se hace en casa durante esos eternos segundos que aleja su mirada de mis manos. Dejé mi trabajo para que ella volviera a interesarse por mí, pero lo único que conseguí es que me presumiera constantemente de todas las cosas que estaba haciendo mi prima.
Capítulo Décimo:
No tienes que preocuparte por la cuenta, que ya he pagado todo yo, ¡es más!, me tomé la libertad de ordenarte una crema de champiñones y un pan de ajo. Sé que sonreirás cuando llegues a casa y encuentres estos presentes en tu bolso de la universidad. Ojalá la comida no ensucie tus libros de econometría, o las flores que cortaste de un arbusto de la universidad; no quisiera manchar tus poemas que escribes cuando nadie te mira en clase. Lo que menos quiero hacer es dejar una muestra de que estuvimos juntos, esperando ambos con nuestras respectivas soledades, ambos, dentro de un café en Coyoacán.
Capítulo Decimoprimero:
Estoy pensando algo arriesgado y quisiera contarte, solo si prometes no tomarlo de la manera incorrecta, ¡es más!, ni siquiera sé si hay una manera correcta de ver lo que voy a decirte a continuación y no pensar equivocadamente; bueno ahí va, quisiera que vinieras conmigo a casa; por favor, no pienses que es por una cuestión pasional, no, nada que ver; quisiera que vieras las nuevas plantas que compré; han pasado muchos años desde que alguien viene a casa, y quisiera ver si tu puedes llenar con tu vida los rincones de un lugar que se está cayendo a pedazos. Si no quieres ir conmigo está bien, ¡es más!, quisiera que nos viéramos cada vez menos, cada semana menos que la anterior; tal vez nos encontremos dentro de unos diez meses, cuando ya hayas terminado tu novela y la mentada tesis. No tienes que volver a casa de tus padres si no quieres, ¡es más!, ojalá no vuelvas a ese lugar que tanto te ha lastimado; si quieres puedes quedarte en mi casa, yo ya no quiero vivir ahí, todo me recuerda a ella; en especial los siete gatos que me esperan maullando desde el balcón, Carmelo, Ernestino, Consuelo, Irám, Liliano, Irenio, y mi más querido: Anastasio.
Capítulo Decimosegundo:
No te levantes de la mesa, o al menos ten cuidado al hacerlo, ya que podrías tirar tu libreta blanca que tienes colgando sobre tu pantalón de mezclilla. Tal vez pienses que tienes que ir a limpiarte las manos, y solo así poder olvidar ese último recuerdo de tu madre, o al menos, esa imagen moribunda de aquella persona que te hizo llorar por primera vez. No te levantes aún, fíjate que una señora quiere robarte tu lugar, ella sabe que es lo mejor de la cafetería. Yo la conozco, es un espectro del mes de Octubre, no tiene nombre, pero tiene varios poemas míos, todos robados. No sé en qué momento los tomó de mi libreta, o tal vez yo se los haya dado en una muestra de amor incondicional, ¡es más!, no sé si lo que te estoy diciendo realmente esté acorde a la realidad; ¿pero tú crees, que todo eso importa ya?, ¿realmente crees que todo lo que te estoy diciendo es verdad? O simplemente estoy imaginando que cruzamos sueños, y miradas en esta cafetería. Solo yo sé que descubro una historia que nunca ocurrió, dentro de los pliegues eternos de unos ojos que nunca me conocerán; dentro de una cafetería olivada, inexistente, mágica, donde soñé con una parte de tu vida que quieres mantener resguardada, debajo de toda tu ropa sucia, escondida detrás de tus flores negras y de todos tus poemas escritos al revés.
Conclusiones y referencias:
Espera, no te levantes aún, querida Guirnalda. Queda imaginar, ¡es más!, reafirmar que todo esto realmente ocurrió. Durante un segundo drástico, mientras Matilde llegaba a mi mesa con un café y un pan de muerto, todo tuvo sentido, tu decisión de quedarte en México, y mi decisión de comprar flores un siete de septiembre, todo nació dentro de mis parpadeos somnolientos y la necesidad de distraer mi mente. Nació una historia que solo se quedó a vivir con tu recuerdo en el papel. Todo ocurrió en esa eternidad de milisegundo, tu vida con tu Amado, la muerte de mis siete gatos, el asesinato de un pelotón inmneso en la Sierra Maestra, la muerte de todas las estrellas y la cúspide de todo: el canto de los niños del coro con tus poemas subrayados de Pizarnik. Todo eso sí ocurrió para mí cuando cruzamos esa mirada momentánea, que ahora está tatuada en mi tristeza de miocardio. En la media sonrisa que me regalaste descubrí a qué sabe el café sin todos los besos y caricias bañadas en las manos del sol, pero no lo confesaré aún, continúa siendo un secreto, como las cosas importantes de la vida.
Mi querida Guirnalda, lo siento, pero tengo que volver a la tesis. Espero nunca volverte a ver.
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