Nav Melech.-
Soñé una vez más que tenía tus manos junto a las mías. Suspiré lentamente el humo del cigarro y mis dedos se acercaron pausadamente hacia los tuyos. Esperé paciente a que notaras mi amor, y que respondieras con una simple sonrisa o una mínima muestra de atención; esperé durante todo el sueño a que me amaras y eso nunca sucedió.
El ritmo de la noche era veloz. Las conversaciones parecían terminar de golpe, y al mismo tiempo iniciaban otras impacientemente; de la misma forma que si salieran ideas corriendo de nuestros cuerpos helados. Sentí que si me quedaba en silencio iba a morir de frío, y de la misma forma noté que él tenía miedo de terminar abruptamente la conversación. Ambos alejados y temerosos de la idea de una muerte fácil.
Las flores del patio se encontraban muertas de tristeza, los gatos circulaban amorosos entre nuestras piernas. No fue hasta que terminé mi trago cuando él volteó la mirada por fin hacia mí.
– ¿Te sirvo otra? – Exclamó acercando ambas manos hacia las mías, únicamente para tomar mi vaso.
– No creo que sea lo mejor. Tengo que manejar. – Contesté con la mirada invasiva sobre sus dedos regordetes.
Seguí soñando con sus manos grandes, sus ojos cálidos y su risa elocuente; pacientemente esperando a que me abrazara lentamente y nos fusionáramos en un segundo, inmensos en el tiempo de la noche, despreocupados en que nadie habría de encontrarnos dentro de mi fantasía. No fue hasta que desperté que el miedo volvió a mi cuerpo. Traté de encerrarme en las cobijas y forzar el amor de nuevo, por supuesto que fallé. Por la noche y parte de la madrugada giré sobre la cama, bañándome placenteramente con mis lágrimas.
La paciencia de la noche hacía juego con mi mente; de tal manera que ellas juntas jugaban bromas infantiles a mi subconsciente; por lo cual no fue difícil perder la cordura por las siguientes horas, tal vez fueron años, o posiblemente un segundo, la verdad es que no lo sé. La respiración entrecortada, un golpe fuerte en el pecho y un beso sobre mi frente que me hizo despertar en casa de mi hermana. Los patios largos se miraban desde el balcón. El verde oscilante del campo me provocaba una repulsión inmediata. Quise vomitar, pero de mi boca únicamente salió una muestra de amor hacia el tiempo perdido. Intenté correr para alejarme de todo el campo, pero mientras más huía más me encontraba dentro de los arbustos y matorrales. Cansado caí sobre mi espalda, los perros corrieron a lamer y oler mi rostro. Las nubes preocupadas se acercaron hacia mí.
Desperté dos días después, con dolores muy fuertes de cabeza y una taza de café caliente junto a la cama. Mi hermana lloraba desde la puerta. Por la noche cenamos junto al balcón. Tomé sus manos para explicarle amablemente mi situación. Mi enfermedad se notaba desde mis ojos tristes; le dije que ya no quedaba nada que hacer, únicamente esperar. Bailé todo el fin de semana. Amauri se sentó conmigo en mi segunda noche de fiesta. Me besó detrás del callejón; luces de una camioneta nos alumbraron y salimos corriendo hacia nuestras infancias. Nos reencontramos ahí, en el patio del colegio. Fumamos a escondidas en los baños y nos volvimos a besar; únicamente que ahora fue silenciosamente y con más pena.
Le hablé a mi padre del amor, él se cerró a mis comentarios, dejamos de hablar por diez años. Enfermó mi madre, y por el teléfono la voz cansada de mi padre pedía que regresara a casa para despedirla. Volé con escala en Madrid; donde quince años atrás esperé a que Martín regresara a casa después de nuestra última discusión. Suspiré entre sorbos con agua mineral. Alejandra, la auxiliar del vuelo, notó que leía sobre Salinger, sonrió esperando a que iniciara una conversación explicativa, lo cual no ocurrió, sino que continué las palabras en mi mente, como lo hago desde mis treinta años que me quedé sin amistades con las cuales compartir el secreto del mundo y de sus suspicacias. Al llegar a casa noté que papá había llorado toda la tarde. No fue normal verlo acostado, abrazando las cobijas y las almohadas; la imagen de un niño que tiene miedo de salir de casa, que extraña el campo y sus juguetes, que la inmensidad del mundo le aterra ferozmente. Olí la ropa de mamá. Todo parecía normal. Por la tarde esperé como un niño a que la sopa estuviese lista sobre la mesa, nunca llegó, tuve que levantarme y calentar una lata de crema de elotes, la favorita de mi hermana; y así por fín sentarme a compartir el silencio infinito con mi padre que nunca tuvo la valentía de verme a los ojos y verse en ellos a sí mismo.
Por la noche le escribí a Noé, mi segundo amor en vida; nos encontramos en un restaurante, al parecer caro y bastante sobrevalorado; sus ojos cambiantes me contaban una historia de diez años, en la cual él nunca reveló su sexualidad a nadie, se casó con una hermosa mujer y tuvo dos hijos preciosos, tan llenos de vida que corren por los arbustos rematando más vitalidad que las plantas que acarician sus rodillas desnudas. Regresamos al hotel donde pasé una semana de noches y cinco soles eternos en calor y sudoración. Noé fingió estar borracho para besarme. Quiso quitarme la ropa, pero decidí abrazarlo para que él llorara mientras conciliaba el sueño.
El insomnio me levantó a caminar por la ciudad. Encontré dos bares abiertos. No era tarde para que entrara. Tomé dos cervezas, tratando de conciliar su horrible sabor. Una chica se sentó a platicar conmigo. Sus cabellos amarillos eran la única iluminación de tal moribundo lugar. Noté que sus manos tenían sangre. Pensé en la primera muerte que presencié hace ya un par de años; recordé lo difícil que es quitar las manchas de dolor de las camisas, y lo ardiente que son las lágrimas de culpa días después. No me alarmó para nada ver sus puños morados, entrecortados y marcados por la sangre.
– Yo también he estado en esa situación. – Le comenté señalando sus palmas, dando sorbos cortos a mi cerveza. Ella me dijo que regresaba de un viaje de Veracruz, y sus familiares habían muerto días atrás; el funeral fue austero, únicamente con dos arreglos de flores en cada una de las esquinas del féretro. Me extrañó que no llorara en el momento; sus ojos cansados se habían desvanecido del presente y retrataban los años anteriores a nuestro encuentro. Ella decidió no volver nunca más. Ahora bebe conmigo. No es normal que termine bailando con una mujer, y más con una tan hermosa como ella. Horrible perfume, linda blusa, ojos claros y piel áspera. Bailamos y salimos tomados de la mano. Lloré mientras ella se alejaba y yo esperaba mi transporte.
– Yo sé que es lo que tienes. El amor de tu vida murió. – Comentó con una caricia sobre mi espalda ancha. Mis lágrimas caían coordinadamente sobre las manchas de lodo sobre mis zapatos, mismos que me regaló Ulises; mismos que guardo para ocasiones especiales, y visitan todos los lugares que he conocido.
Pensé en regresar a casa para decidir dormir por siempre. Una llamada del hospital hizo que no continuara mi viaje. Todo parecía estar bien. La muchacha sonriente se alejó con una sonrisa en los ojos y una lágrima en los labios. No sé cómo despedirme de ella. Posiblemente vuelva a encontrarla. Hoy no será el día para pensar en Ulises. Hoy no será el día en el que terminen mis historias. Tengo que volver al hotel. Regresar a casa con mis gatos y mis flores. Debo volver a enamorarme. Debo irme a dormir, y soñar una última vez con las manos regordetas de Ulises.
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