Maribel

Nav Melech.-

Me contaron que Maribel regresó a México. Después de veintidós años y quince días. En la entrada del aeropuerto la esperó Luciana, su mejor amiga de toda la juventud. Qué feo vestido tiene su amiga, de esos amarillos que irritan en la vista, -pero bueno-, es solo mi opinión. 

A Maribel no le parece que la ciudad haya cambiado mucho; únicamente nota más autos por las calles, y que todos los automovilistas tienen más prisa. Que imagen tan incómoda para una persona que no ha visitado su país en años. 

Sé que Maribel va a estar únicamente dos semanas en la ciudad. No sé con quién va a quedarse el tiempo que esté aquí; pero imagino, -y porque la conozco-, que va a estar en la calle todo el día, vagando de un lado a otro, gracias a la agenda ajustada que seguramente tiene planeada dentro de su bolso.

Maribel llegó un martes por la tarde, y esa misma noche se quedó a dormir en casa de Luciana. Al día siguiente visitó a su mamá en la colonia Narvarte. El jueves comió con su papá en Coyoacán; y cuando iban a despedirse vió por primera vez a su padre llorar. El viernes cenó con Luciana en la Condesa. Ambas regresaron al departamento de Luciana; en el camino recordaron cuando deambulaban por la ciudad a sus quince años edad. Luciana le mencionó la vez que uno de sus primeros novios la esperó toda la noche junto a su ventana, y Luciana no se percató de que él estaba ahí, sino hasta que las dos llegaron de una fiesta ocurrida a unas cuadras de su casa.

Luciana le preguntó a Maribel: -¿Por qué nunca escribes? A lo que Maribel contestó con un silencio largo e incómodo. ¿Qué le importa? Y además qué metiche, pensé. Maribel recordó que Luciana había besado a un novio suyo; Maribel se enteró primero por Nadia, una amiga con la cual nunca fue muy cercana. Y antes de hacer algo decidió esperar a que Luciana fuese quien le diera las malas noticias, lo cual nunca ocurrió. 

El sábado por la mañana Maribel fue al cementerio, en donde descansa uno de sus primeros novios. Ella pensó que sería complicado encontrar su tumba, pero no fue el caso. Dejó dos tulipanes junto a su nombre: Agustín. 1996-2014. Maribel recordó la primera vez que Agustín tocó su mano. 

Por la tarde del mismo día, Maribel fue a una cena con su mamá y varios conocidos. La razón de la cena era para celebrar la fantástica carrera de Maribel y conmemorar todos y cada uno de sus premios. ¡Ah! No les había mencionado esto, Maribel es fotógrafa, una de las mejores de Europa. Ella ha vivido en Irlanda desde sus veinte años; y la realidad es que salió corriendo de su país para buscar mejor suerte. Cuando cumplió veintisiete fue que hizo su primera presentación, una colección fantástica de imágenes relacionadas a los movimientos feministas de Irlanda y Noruega; de ahí los premios y reconocimientos no dejaron de llegar. 

Maribel dió un discurso de cuatro páginas. No le presté atención, la verdad, para qué les miento. Lo mejor de la noche fueron los cocteles; probé demasiados, y eso que ni siquiera estaba en la lista de invitados. Una de las curadoras me escoltó a la salida, pero no fue ningún problema volver a entrar, parece que nadie me vió pasar. 

Saben algo, Maribel se ve muy triste. No es esa tristeza tan romantizada, como la tenemos hoy en día. No es de esas tristezas aburridas y cómicas, en las que uno se la pasa llorando y comiendo, no, ella tiene una tristeza que no es fácil de ver; lo sé porque justamente Maribel me enseñó a distinguirla. Me doy cuenta por la forma que camina, y los pasos que da hacia atrás son cortos, y con mucho temor. Titubea antes de sonreír; sus manos siempre están entrelazadas, o acomodando sus hilos de cabello. Hagan lo siguiente: entre sus conocidos traten de descubrir esa tristeza; y no la juzguen, no significa algo malo, ni tampoco algo bueno, es simplemente un rasgo humano, que a mí en lo personal me parece hermoso, y más en Maribel.

El domingo, un día antes de que Maribel tenga que volver a Irlanda, decide visitar la casa en donde creció. No ha cambiado nada, o al menos, es lo que intuyo por cómo ella ve las cosas. No hay nadie en la casa desde hace muchos años; lo sé porque está de paso en mi trabajo, y cada vez que camino por ahí no veo a nadie. Maribel saca de su bolso dos cigarrillos; veo que los dos tienen un nombre marcado en rojo. Sé que Maribel no ha fumado en más de diez años, no creo que vuelva a hacerlo, pero ¡ah!, mira, qué vueltas da la vida, ahora está fumando de nuevo, acaba de poner el cigarro entre sus labios, y está tosiendo, parece que ya ha olvidado cómo se siente el humo. 

Un auto llega a la casa; es parecido al que tenía la mamá de Maribel. Del auto se bajan dos niñas y un señor. Maribel sabe que es Agustín, sabe que las niñas son las que pudieron haber sido sus hijas, o seguramente, las hijas que Agustín siempre quiso tener. Los tres entran a la casa y las luces de todo el hogar se encienden. ¿Por qué Maribel está imaginando todo esto? No lo sé. Pero ahora que la veo, toda la tristeza que ví de ella ayer, ha desaparecido por completo. 

No sé si Maribel vino realmente a México para su condecoración. No sé si vino a despedirse de ese pasado que tanto la lastima antes de dormir. La verdad es que la veo más contenta, más tranquila. Algo encontró platicando con sus amigos, familiares y conocidos, algo que yo nunca le pude dar, o más bien, no tuve el tiempo de hacerlo. 

¡Ah! De nuevo mi incredulidad, y mis constantes distracciones; disculpen que sea tan despistado, me presento con ustedes, me llamo Agustín. Fui novio de Maribel cuando éramos jóvenes. La amé tanto, tanto, que la vida sintió envidia de mi amor y me mandaron a otra historia, y a otro tiempo. Las niñas que vieron en la imaginación de Maribel, sí, son mis hijas. No crean que ellas existan, o que son inventos narrativos de mal gusto, son solo mis hijas; no tienen nombre, ya que su mamá era la de las buenas ideas, no yo. Ahora vivimos en los recuerdos de Maribel, y de uno que otro conocido por ahí. Pero tampoco quiero contarles más de mi vida privada, tampoco esto se trata de inventar cosas que nunca ocurrieron, sólo es con el fin de hacer más poética una historia que ya se acabó, que terminó hace mucho tiempo. 

Por cierto: Te amo Maribel. Gracias por tus fotografías.

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