Nav Melech.-
Martes 15 de Agosto del año 2013. Emilia tomó la decisión más importante de su vida hasta el momento: renunciar a su trabajo en el hospital psiquiátrico; en el cual se ha desempeñado por más de diez años, galardonada y apreciada como una de las mejores enfermeras de la institución. La razón es que dos semanas antes fue aprendida por dos elementos de la policía, y lastimada por uno de ellos, con un golpe en uno de sus oídos. Desde entonces ella no ha podido escuchar claramente las conversaciones con su pareja y a los pacientes que ella atiende. La noche que la detuvieron fue a causa de un accidente vial en el que se vió envuelta; en donde lamentablemente perdieron la vida dos adultos mayores.
Emilia ha tenido problemas graves de audición desde el altercado con los policías aquella noche. Ella nunca antes había sentido la ausencia del ruido, en especial porque ella viene de un entorno familiar bastante complicado, lleno de violencia y alcohol. Por lo cual a lo largo de su infancia desarrolló una técnica para silenciar todo lo que ocurría alrededor de ella. Esa misma técnica la olvidó cuando empezó a trabajar en el hospital, y su primer paciente, una niña de once años le platicó que tenía problemas para hablar con su mamá. Desde entonces Emilia nunca más se arropó en el silencio; hasta ahora, que se ha visto forzada a escuchar difuminadamente las historias de sus pacientes.
Emilia extraña en especial las pláticas matutinas con Mariana; una paciente confinada en el mismo pasillo donde ella ejerce, a dos cuartos donde está la oficina de todas las enfermeras. Los martes por la mañana es cuando tienen su primera revisión de la semana; y ahí es donde Emilia y Mariana comparten una parte de su día juntas, en un claro silencio, bajo las luces casi amarillas que desintegran la retina, que te hacen olvidar el sol allá afuera, dentro de todas las paredes blancas, donde todo se alenta y todo se complica, donde todos tienen la respuesta y el diagnóstico es siempre inconcluso. Emilia extraña los comentarios que Mariana tiene cuando mira detenidamente hacia la ventana, y lentamente desdibuja ideas tristes junto con las nubes casi imperceptibles.
En su trayecto a la oficina de Javier, el enfermero de planta. Emilia planea las palabras que habrá de desarrollar para entregar su renuncia. Ella piensa sobre la incapacidad que tienen los doctores de realmente ayudar a sus pacientes, sobre la apatía que tienen las demás enfermeras frente a los individuos que circundan por los pasillos. Emilia quiere irse con una nota alta sobre sí misma. Quiere sacar todos los problemas que carga consigo en la espalda. Despedirse de cada uno de sus pacientes; abrazarlos y darles la seguridad de que la vida allá afuera será amable con ellos prontamente.
Emilia entrega su renuncia y sale eufórica de la oficina de Javier. Los pasillos que caminó tantas veces ahora le parecían chicos, sucios y tan olvidados de vida. Emilia se dirige a la salida pero es detenida frente al cuarto de Mariana, quien está de nuevo pegada junto a la ventana, recordando a su pareja, a sus padres, sus amigos y aquella sensación de cuando era feliz. En ese momento, Emilia quiere tomarla del brazo y escapar junto a ella. Emilia quiere rescatar a todos los demás pacientes que están ahí mismo; pero la verdad es que se queda estática en medio del pasillo.
Mariana la voltea a ver, sus ojos azules miran a través de Emilia, como si se conocieran de años atrás; se sonríen una última vez, ambas se alzan la mano y ahí, en medio del silencio, entre todas las miradas de las demás enfermeras, es donde comienza otra historia, la de Emilia y Mariana, quienes en un arrebato salieron corriendo juntas del hospital.
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