Nav Melech.-
Esperé los mejores años de mi vida a que ella saliera de clase. Mientras tanto fumé los peores cigarros, y tomé los cafés más detestables, leí periódicos viejos, y escribí sobre personas que se perdieron en el mundo y en el tiempo. Esperé todas las tardes de lunes a sábado a que Marlén saliera de la facultad de artes. Después me dediqué a vagar por el tiempo, fumando cigarros, tomando café y leyéndole a Carla obras de Juan Ruiz de Alarcón, siempre esperando volver al día en que perdí a Marlén.
Ustedes aún no lo saben, pero tembló una madrugada de septiembre del 2027. En ese entonces yo tenía cumplidos unos treinta años, Marlén veintinueve, y mi hija Carla celebraba sus cuatro años cumplidos apenas en el agosto pasado. Vivíamos los tres en un primer piso de un condominio habitacional en el sur de la ciudad; la alarma sísmica sonó a las 3:34 de la mañana. Gracias a mi insomnio fue que la escuché, de otra manera ésta sería una historia completamente distinta. Salí corriendo del estudio directamente al cuarto de Carla, la tomé en brazos, levanté forzadamente a Marlén de la cama, salí a la calle cubriendo la nuca de Carla mientras me golpeaba con las paredes. Marlén venía detrás de mí. Detrás de nosotros cayeron vasos, cuadros, paredes y muchos recuerdos. Pero lo peor apenas comenzaba. Al salir, una sensación extraña me llenó el cuerpo, algo no estaba bien.
Una vez en la calle miramos al cielo, y los rayos de luz en forma de relámpagos o chispazos llamaron la atención de Carla. Ambos miramos detenidamente hacia las nubes hasta que nos cegó la vista un último relámpago deslumbrante. Al poder abrir los ojos, noté que la madrugada había desaparecido y era de día. La calle frente a la casa había cambiado, los árboles eran pequeños y no existían los arbustos que Carla saltaba de regreso de la escuela. No reconocí a ninguno de los vecinos que se encontraban sobre la avenida. El suelo se movía agresivamente. Las señoras lloraban y rezaban sobre las banquetas. Rápidamente busqué la mano de Marlén, pero no la encontré. Como si supiera que algo estaba mal tomé mi celular, revisé la hora y decía: 13:15 – 19 de Septiembre del 2017.
Completamente asustado y desorientado comencé a moverme entre las personas. Carla comenzó a llorar sobre mis hombros. El grito de la gente me distraía de todos mis pensamientos. De pronto recibí una llamada al celular. Era Marlén, contesté y volví a escuchar después de muchos años su voz joven, de cuando ella tenía diecinueve años, y estaba enamorada de Velázquez y Cortázar. No entendí qué estaba sucediendo. Marlén me dijo que me esperaba afuera de la facultad, que tenía mucho miedo y que cancelaron sus clases.
Una vez pasado el temblor y el pánico entré a casa para buscar las llaves del coche. La casa cambió por completo, los muebles, los cuadros, todo era distinto; era el departamento en el que vivimos Marlén y yo cuando teníamos veinte años, y comenzamos a jugar a ser adultos. El mismo lugar donde nos enamoramos y peleamos tantas veces. Donde me enteré que iba a ser papá y a donde nunca más quise volver. Tomé las llaves de mi primer coche y salí con Carla a buscar a su mamá. Una vez en la facultad me encontré con Marlén de diecinueve años y mi yo de veinte, ambos se abrazaban con miedo y con un amor inmenso. Inmediatamente nos reconocimos. Marlén me preguntó si Carla era su hija, le dije que sí, y también le dije que nació pesando más de lo normal. Marlén rió y levantó a Carla para besarle la mejilla. Mi yo de veinte me preguntó que si por fín había publicado algo, y le dije que no, que más bien ahora me dedicaba a ser feliz y a escribir cuentos para niños en una escuela primaria. Los cuatro volvimos a casa.
Pasaron los días y no encontré a mi Marlén de veintinueve años. Supuse que la había perdido para siempre. Me quedé atorado en el 2017 y no sabía cómo volver a mi tiempo. Pasaron los meses y me acostumbré a esta nueva vida. Inscribí a Carla en la misma escuela a la que yo fui, solo que ahora sí tenía el dinero para pagarla. En las tardes y noches acompañé a Marlén de diecinueve y mi yo de veinte. Les conté del futuro y de mi pasado; acerca de las personas que vendrán y también de las que se irán; de las decisiones buenas y en especial de las malas. Y en una velada descubrimos cómo podría volver a casa. Supuse, que así como regresé en el temblor del 2027, tal vez pueda volver en el temblor del 2022.
Pasaron más años, me volví aún más viejo gracias a las caricias del viento. Volví a escribir junto a mi yo del pasado; él era aguerrido, sin miedo ni prejuicios, mientras que yo soy precavido, con más miedos y carencias. Marlén terminó su carrera y comenzó su maestría. Ví a mi yo del pasado enamorarse más y más de Marlén, al punto que me generaban un celos horripilantes. Marlén lo amaba, de eso nunca me quedó duda. Ella hablaba conmigo de cosas que nunca pudo hablar con él a sus veinte. Festejamos el cumpleaños nueve de Carla; la llevamos al parque de Chapultepec a comer pastel y ver a los patos del lago. Aunque entre tanta belleza y romanticismo, hubo momentos en los que lo único que quería era volver a ver a mi Marlén y dejar todo atrás, pero sabía que no podía dejarlos solos, tenía que estar para ellos tres.
Llegó la fecha del 2022 y me preparé para volver a casa. Abracé fuertemente a Marlén y a mí mismo. Pregunté si querían quedarse con Carla; ya que ella se acostumbró bastante a ellos y en especial a su amor incondicional. Me pareció buena idea que Carla disfrutara a sus papás más jóvenes, más llenos de vida. Dejé a Carla en el pasado para volver con mi Marlén. Tembló a las 13:05 del 2022 y las luces en el cielo me regresaron a la madrugada del 2027. Encontré mi casa destruída, hecha escombros; mis vecinos apurados moviendo piedras y muebles. No me dejaron acercarme a los escombros. Marlén no logró salir a tiempo de casa.
En el 2032 intenté volver al 2017 para volver a estar con mi esposa; para advertirle lo que iba a pasar en el futuro, para volver a estar con Carla, mi pequeña niña. No soportaba mi soledad, mi inconsolable tristeza. Tenía que volver a los años en los que reía a todas horas, cuando corría a los brazos de mi hija y besaba en las noches las manos de mi esposa. No podía quitar mi mente de eso. Llegó la tarde del 2032, y estaba listo para volver. Un día antes me quedé escribiendo todas las cosas que tenía que decirles a mis fantasmas del pasado. Me quedé despierto toda la madrugada tomando y escribiendo. No fue hasta que me acosté a las siete de la mañana; dejando todo listo junto a la puerta.
Sonó la alarma a las 11:36. Los vecinos gritaron y salieron corriendo del departamento. Los muebles comenzaron a saltar, los vidrios gritaron al golpear el piso, los cuadros retumbaron al besar la gravedad del horrible momento. Mientras tanto yo me quedé dormido, soñando con Marlén y mi querida Carla; los tres caminábamos por Chapultepec, tomados de la mano, alimentando patos en el lago. En el temblor del 2032 no logré salir de casa, pero sin quererlo alcancé a mi amada Marlén.
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