Rodolfo Higareda.-
Mil novecientos noventa y cuatro fue un punto de quiebre en la historia moderna del país; tan fuerte como el sesenta y ocho. La sucesión presidencial sacudió a México de forma muy distinta en comparación a lo que había ocurrido repetidamente desde la llegada de Miguel Alemán al poder. Un presidente brillante, poderoso y verdaderamente transformador como Carlos Salinas, lo tenía todo para que su designado sucesor llegara al cargo sin mayores problemas; y dar así continuidad a su proyecto. Pero al final el control se le fue dramáticamente de las manos por factores que hoy podemos ver con mayor claridad, pero que entonces a él le pasaron casi desapercibidos; no obstante, su amplia y sesuda visión.
A Colosio no lo mandó matar Salinas, como le encanta repetir a la gente poco inclinada al análisis y sí en cambio muy afecta a las series baratas de Epigmenio Ibarra. Fue la ambición y el resentimiento desmedido de ese alguien tan cercano al mandatario, de ese estúpido con iniciativa, que pensó que podría ser el poder tras el trono y continuar con sus oscuros negocios. Porque la bala que mató a Luis Donaldo también hirió profundamente a Salinas, en lo personal y en lo político.
Lo otro que escapó de su atención fue el alzamiento zapatista; porque pensó que la miseria y la marginación centenarias podrían aliviarse con programas sociales; sin reparar que había un Marcos con otros planes. Hoy seguimos pobres, muy pobres; y el EZLN no es otra cosa que una pandilla “sexy” de vividores. Y en ese entorno, sin dejar de mencionar los asesinatos de Ruiz Massieu y del cardenal Posadas, la sucesión caminaba a trompicones; con un Manuel Camacho dolido y acechante. El resultado ya lo conocemos todos.
Hoy el ambiente es quizás más complejo que en 1994. El país está más roto, los rezagos se han profundizado y México es mucho más violento y volátil. Encima tenemos un liderazgo infinitamente más limitado. Marcelo Ebrard ya se sabe el libreto, así que me voy a permitir esbozar algunos escenarios en el muy probable caso de que el dedo de su patrón apunte hacia la jefa de gobierno y no a él:
1.- La candidatura de MC ya la tiene en a bolsa, así que podría ponerla sobre la mesa para que la alianza opositora se anime a postularlo. Acción Nacional podría verse tentado a aceptarla, dado que un equipo de esa envergadura sí sería capaz de plantarle cara a MORENA (creo que Monreal es su embajador en este juego).

2.- El PAN lo manda a freír espárragos por ser el canciller del castro-chavismo lopezobradorista y va por su cuenta (no así el alicaído PRI y el ya casi desaparecido PRD). Ebrard sabe que puede jalar parte del voto de la clase media incauta que le dio su aval a López en el 2018; pero está conciente que no le alcanza porque además debe estar cierto que el voto duro de MORENA (15 millones) va a parar a donde el presidente diga.
En este escenario la votación se iría a tercios. Al final, Ebrard perversamente podría reconocer el triunfo de Claudia en un hipotético conflicto post electoral; pactando integrarse al nuevo gobierno, junto con Monreal y los chicos de Dante (aislando al PAN).
3.- Una tercera alternativa sería vender caro su amor pero sin despertar la furia de su patrón. Jugarle al Diosdado Cabello en Venezuela: Ser el hombre fuerte del casi seguro muy convulso gobierno de Sheinbaum; y apostarle a que a sus 70 años siga teniendo energía para sucederla.
De todo esto, a lo que más temo es a la violencia política. Ya le aventaron un escupitajo al canciller durante la marcha de las camisas guindas; porque los duros que están detrás de la favorita no tiene ni límites ni escrúpulos (y el jefe de todos ellos tampoco).
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